Edgar Iraheta
La gratitud que honra a Dios.
En estos días en que celebramos Thanksgiving, nuestros corazones se inclinan de manera natural a dar gracias. Pero para quienes seguimos a Cristo, la gratitud no es sólo un sentimiento bonito o una tradición familiar. Es una manera de vivir.
Es una postura del alma que reconoce que todo lo bueno viene del Padre, y que incluso en tiempos difíciles, Él sigue siendo fiel. La gratitud recuerda de dónde venimos. En el Antiguo Testamento, Dios repetía una y otra vez, Acuérdate.
Acuérdate de cómo te saqué, cómo te guié, cómo te sostuve. La gratitud comienza allí, en la memoria. No en lo que nos falta, sino en lo que Dios ha hecho.
Cuando recordamos, el corazón se ablanda, la crítica se apaga, la ansiedad pierde fuerza, porque la memoria despierta confianza. Si Dios lo hizo antes, lo hará otra vez. La gratitud transforma el cotidiano.
La Biblia no nos manda a dar gracias sólo cuando todo sale bien. Dice, Dad gracias en todo. Eso significa que la gratitud no depende de las circunstancias, sino de nuestra perspectiva.
Un vaso de agua se vuelve un recordatorio de provisión. Un abrazo se convierte en un regalo divino. Una mesa, aunque sencilla, se vuelve un altar de adoración.
La gratitud nos enseña a ver a Dios en lo pequeño. Cuando uno aprende a agradecer, descubre que nunca está vacío. La ingratitud siempre roba.
La gratitud siempre multiplica. El corazón ingrato se enfoca en lo que falta. Siempre exige más.
Siempre se siente menospreciado. Esa es la raíz de mucha frustración humana. Vemos lo que no tenemos y olvidamos lo que Dios sí ha puesto en nuestras manos.
Pero la gratitud opera al revés. Te abre los ojos. Te hace ver que estás rodeado de misericordias.
Y cuando un corazón agradecido se expresa, Dios multiplica. Así sucedió con los cinco panes y dos peces. Jesús dio gracias antes del milagro, no después.
La gratitud abrió el camino para la multiplicación. La gratitud es un testimonio. En un mundo lleno de quejas, ansiedad y comparación constante, una persona agradecida resalta como una luz.
La gratitud no niega la realidad, pero sí proclama una verdad mayor. Dios está presente. Dios provee.
Dios cuida. En estos días de Thanksgiving, no solo agradezcamos por tradición. Hagámoslo como un acto espiritual.
Como un recordatorio de que Dios ha sido bueno, es bueno y seguirá siendo bueno. Una invitación para esta semana. Tómate unos minutos cada día para decir, «Señor, gracias por lo que has hecho, y gracias por lo que harás».
Esas palabras, simples pero sinceras, abren espacio para la paz, fortalecen la fe y honran al Padre.