Edgar Iraheta
Cultivando la mente de Cristo, el jardín de tu mente, si pudieras asomarte hoy al jardín de tu mente, ¿qué verías?
¿Flores sanas o maleza creciendo sin control? La Biblia dice que tenemos la mente de Cristo, 1 Corintios 2, 16, pero también nos manda a ser transformados por medio de la renovación de nuestro entendimiento, Romanos 12, 2. Es decir, la mente de Cristo es un regalo, pero hay que cultivarla.
Jesús explicó este principio con la parábola del sembrador, Mateo 13. La misma semilla, la palabra de Dios, cae en cuatro tipos de tierra. La diferencia no está en la semilla, sino en la condición del suelo.
Así es nuestro corazón. 1. La pierna endurecida.
Cuando el corazón se cierra. La primera tierra es la que está junto al camino. La semilla cae, pero no penetra.
Vienen las aves y se la llevan. Jesús explica que esto representa a la persona que oye la palabra, pero no la entiende ni la recibe. Y el maligno roba lo sembrado antes de que brote, Mateo 13.
Muchas veces esa dureza viene de heridas, decepciones o orgullo espiritual. Personas lastimadas por experiencias pasadas, o que sienten que ya lo saben todo, se protegen levantando muros. La palabra rebota, como una semilla en el cemento.
¿Cómo empieza a ablandarse esta tierra? Con arrepentimiento sincero, humildad y vulnerabilidad delante de Dios. Cuando dejamos de justificarnos y comenzamos a decir, Señor, necesito que toques esta área de mi vida, el corazón de piedra empieza a volverse un corazón de carne.
Ezequiel 36.26. 2. La tierra superficial, emoción sin raíces.
La segunda tierra tiene poca profundidad. La semilla germina rápido, pero cuando sale el sol, se seca, porque no tiene raíz. Mateo 13.20.21.
Es la persona que recibe la palabra con mucha emoción, pero se desanima en cuanto llegan las pruebas. Es el cristianismo que vive solo del momento del culto. Llora en el altar, pero no construye una viva diaria con Dios.
Detrás de esa superficialidad suele haber piedras en el corazón, falta de perdón, pecados ocultos, relaciones rotas, traumas no sanados, miedo al cambio o un compromiso a medias. La solución no es buscar más experiencias fuertes, sino permitir que Dios remueva esas piedras y profundizar las raíces. Tiempo diario en la palabra, no solo los domingos.
Una vida de oración constante y honesta. Disipulado y corrección amorosa de otros creyentes. Cuando la raíz se profundiza, la fe deja de ser un sentimiento y se convierte en una convicción.
3. La tierra dividida entre espinos. Cuando lo bueno ahoga lo mejor.
La tercera tierra es especialmente dolorosa, porque es buena tierra, pero compartida. Allí la semilla crece, pero también los espinos, y al final la palabra queda ahogada. Mateo 13.22.
Jesús menciona tres espinos principales, el afán de este siglo, preocupaciones, ansiedad, correr de un lado a otro sin tiempo para Dios, el engaño de las riquezas, vivir para ganar más, confiando más en las cuentas bancarias que en el Señor, los deseos de otras cosas, todo aquello que ocupa el lugar de Dios en nuestra atención y afectos. No necesariamente son cosas malas en sí mismas. El problema es cuando se vuelve en prioridad.
Es como un jardín donde nunca se arranca la maleza. Al final, los espinos crecen más que las plantas que sembraste. Limpiar estos espinos requiere.
Reordenar prioridades. Buscar primero el reino de Dios, Mateo 6.33. Tomar decisiones valientes.
Decir no a actividades, relaciones o hábitos que ahogan tu vida espiritual. 4. La tierra fértil, cuando la palabra da fruto abundante.
La cuarta tierra es la que todos anhelamos, la buena tierra que produce fruto al 30, 60 y 100 por uno, Mateo 13.23. Lucas añade que estos son los que, con corazón bueno y recto, retienen la palabra oída y dan fruto con perseverancia. Lucas 8.15.
Un corazón fértil no es un corazón perfecto, sino uno que es sincero delante de Dios. Guarda la palabra y la obedece, aunque cueste. Persevera cuando hay procesos y demoras.
La buena tierra no apareció de la nada. Fue preparada, limpiada y protegida. Lo mismo sucede con nuestra mente.
Necesitamos colaborar con el agricultor divino. El proceso de cultivo de la mente. Podemos resumir el proceso espiritual en tres pasos, arar, deshiervar y proteger.
Dejar que Dios rompa la dureza. El arabo levanta la tierra endurecida y saca a la superficie lo que estaba escondido. Espiritualmente, esto es el quebrantamiento santo.
Permitir que el Señor nos examine, nos confronte y nos muestre lo que hay en el corazón. Salmo 139-23-24. Deshiervar.
Sacar pensamientos y hábitos que estorban. Aún en una buena tierra, siempre vuelve a crecer la maleza. Por eso necesitamos una disciplina diaria.
Derribar pensamientos de amargura, mentira y condenación. Llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo. 2 Corintios 10.5.
Usar la palabra, la oración y la comunión con otros creyentes como herramientas constantes de limpieza. Proteger. Establecer límites santos.
Proverbios 4.23 nos manda a guardar el corazón, porque de él mana la vida. Esto implica ser selectivos con lo que dejamos entrar en la mente. Lo que vemos, escuchamos y consumimos.
Poner límites a relaciones o ambientes que nos enfrían. Y rodearnos de personas que nos empujan hacia Dios. Un paso sencillo para comenzar.
Tal vez al leer esto, ya sabes con cuál tierra te identificas más hoy. Endurecida, superficial, dividida o fértil. No se trata de condenarte, sino de empezar un proceso con Dios.
Puedes dar un paso sencillo esta semana. Si te sientes endurecido, elige una sola área donde le dirás sí, Señor. Aunque sea con temor.
Si tu fe es superficial, decide invertir al menos 10 minutos diarios, fijos en la palabra o la oración. Si ves espinos en tu vida, identifica el espino más grande y toma una decisión concreta para cortarlo. Si estás en buena tierra, pídele al Señor que aumente el fruto y fortalece una práctica espiritual que ya tienes.
Dios no está buscando perfección inmediata, sino corazones dispuestos. Si preparamos la tierra de nuestro corazón, Él se encargará de enviar la lluvia, hacer germinar la semilla y producir fruto que permanezca.